lunes, 17 de agosto de 2015

HISTORIAS INACABADAS (IV)
Elena corría rápido, no quería perder el ferry otra vez. Aún así le daba tiempo de echar una ojeada a lo que la rodeaba mientras se dirigía al puerto: abuelos que sacaban a pasear a los nietos, el mismo grupo de señoras en chándal parloteando sin cesar, el camión del reparto con la radio a tope..... La rutina de siempre. Sin embargo, era esa cotidianidad en la que se afianzaba para poder sostenerse, para no sentirse aislada. Después del accidente, no había vuelto a coger el coche para ir a trabajar a Vigo, así que no le quedaba otra opción que viajar en ferry. Habían pasado años desde sus últimos viajes. Cuando era pequeña, le encantaba acompañar a sus abuelos a la gran ciudad porque eso significaba colonia, chuches y casi siempre un vestido nuevo. Colonia que le regalaban en la peluquería de la abuela cuando ésta se iba a hacer la permanente. Chuches que le compraba el abuelo si se portaba bien y un vestido nuevo, de vez en cuando, sobre todo a primeros de mes cuando los abuelos cobraban su pensión. Eso todo ya quedaba lejos en el tiempo, pero recordarlo le hacía sonreír. Compró su billete y como hacía buen tiempo, se sentó en la cubierta del barco. A veces se ensimismaba tanto en sus pensamientos que no había percibido que un hombre se había sentado a su lado y la había saludado cortésmente.
Paz y sosiego. Sentirse en el medio del mar todos los días le daba fuerza y energía para continuar, era como un bálsamo que se aplicaba en el alma y le permitía seguir adelante. El mar le daba la mano cuando el destino le daba la espalda. Él ya no estaba pero la vida hermosa, desafiante continuaba. Lo último que vio de él fueron sus ojos de angustia y desesperación en medio del horror ..Después, un largo sueño y al despertar, ya se había ido para siempre. Despertó en el hospital, desorientada, pensó que estaba en casa y que iba a llegar tarde al trabajo, así que se reincorporó somnolienta y se cayó, fue entonces cuando volvió a ver sus ojos al levantarse. Su hermana entró en ese momento...y la recondujo a la realidad.
El viento le acariciaba la cara y las lágrimas se escondían en medio de sus cabellos revueltos e inquietos.
- Perdona, ¿sabes si falta mucho para llegar a Vigo?- de pronto oyó que le preguntaba una luminosa sonrisa.