martes, 4 de agosto de 2015

HISTORIAS INACABADAS (I)
Parecía como si el corazón estuviese a punto de traspasarle el pecho...ya llegaba tarde y su madre le había dicho que si volvía a tener quejas de la señora.... Esta vez no habría escapatoria y dormiría en el establo de las vacas. Era obvio que tenía un don en sus manos, y no se podía desaprovechar. Además, Irene, con quince años ya era una mujer y debía ganarse  la vida y contribuir a la maltrecha economía familiar. Así que, además de arreglar los vestidos, faldas, blusas de sus tres hermanas, también podría ayudar a la señora del pazo con la costura y sacarse de paso unos dineros.

Le fastidiaba mucho tener que dejar el oloroso calor de su hogar y tener que adentrarse en los caminos inhóspitos y fríos de la aldea hasta llegar a la suave colina donde se levantaba el único pazo señorial de su olvidado pueblo. Al llegar siempre era recibida por los ladridos del pastor alemán que la incordiaban y por la mirada de reproche de la Balbina, a la cual le molestaba que Irene se convirtiera en la modista de la Señora. Sin embargo, la irritación primera poco a poco se convertía en divertimento cuando entraba en el cuarto de costura de la señora...Entrar allí significaba hacer lo que más le gustaba: coser. No se trataba de poner botones, coser dobladillos o hacer ojales. La Señora le abría las puertas a un mundo nuevo desconocido para ella que le hacía olvidar de donde venía y la conducía a otro donde todo estaba por hacer...